30 de diciembre de 2009

Fragmentos de Oliverio


Mi abuela -que no era tuerta- me decía:

(...)

La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas.
Poco a poco nos aprisiona la sintaxis, el diccionario,
y aunque los mosquitos vuelen tocando la corneta,
carecemos del coraje de llamarlos arcángeles.
Cuando una tía nos lleva de visita,
saludamos a todo el mundo,
pero tenemos vergüenza de estrecharle la mano al señor gato,
y más tarde, al sentir deseos de viajar,
tomamos un boleto en una agencia de vapores,
en vez de metamorfosear una silla en trasatlántico.






Por eso -aunque me creas completamente chocha-
nunca me cansaré de repetirte que
no debes renunciar ni a tu derecho de renunciar.
El dolor de muelas, las estadísticas municipales,
la utilización del aserrín, de la viruta y otros desperdicios,
pueden proporcionarnos una satisfacción insospechada.
Abre los brazos y no te niegues al clarinete,
ni a las faltas de ortografía.
Confecciónate una nueva virginidad cada cinco minutos
y escucha estos consejos como si te los diera una moldura,
pues aunque la experiencia sea una enfermedad
que ofrece tan poco peligro de contagio,
no debes exponerte a que te influencie
ni tan siquiera tu propia sombra.


Oliverio Girondo