13 de enero de 2009

Arthur Koestler/Wang Lung


Durante el reinado del segundo emperador
de la dinastía Ming, vivía un verdugo llamado
Wang Lung.
Era un maestro en su arte, y su fama se extendía
por todas las provincias del imperio.
En aquellos días las ejecuciones eran frecuentes,
y a veces había que decapitar a
quince o veinte personas
en una sola sesión.
Wan Lung tenía la costumbre de esperar
al pie del patíbulo con una sonrisa amable,
silbando alguna melodía agradable,
mientras escondía detrás de la espalda
una espada curva,para decapitar al condenado
con un rápido movimiento
cuando éste subiera al patíbulo.

Este Wang Lung tenía una sola ambición
en su vida; pero su realización le costó
cincuenta años de intensos esfuerzos.
Su ambición era decapitar a un condenado
con un mandoble tan rápido que,
de acuerdo con las leyes de la inercia,
la cabeza de la víctima
quedara plantada sobre el tronco,
así como queda un plato sobre la mesa
cuando se retira repentinamente el mantel.





El gran día de Wang Lung llegó por fin,
cuando ya tenía setenta y ocho años.



En ese día memorable tuvo que despachar
de este mundo a dieciséis clientes
para que se reunieran
con las sombras de sus antepasados.



Como de costumbre, se encontraba al pie del patíbulo,
y ya habían rodado por el polvo once cabezas rapadas,
impulsadas por su inimitable mandoble de maestro.

Su triunfo coincidió con el duodécimo condenado.
Cuando el hombre empezó a subir
los escalones del patíbulo,
la espada de Wang Lung relampagueó
con una velocidad tan increíble,
que la cabeza del decapitado siguió en su lugar,
mientras subía los escalones restantes
sin advertir lo que le había ocurrido.


Cuando llegó arriba, el hombre habló así a Wang Lung:

_¡Oh cruel Wang Lung!

¿Por qué provocas la agonía de mi espera,
cuando despachaste a todos los demás con tan piadosa rapidez?



Al oír estas palabras, comprendió que
la ambición de su vida se había realizado.

Una sonrisa serena se extendió por su rostro,
luego, con exquisita cortesía, dijo al condenado:


_ Tenga la amabilidad
de inclinar la cabeza, por favor.


Arthur Koestler El camino hacia Marx

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