22 de octubre de 2009

Las huellas del equilibrista / Antonio Fernández Molina

Un día Joan Miró tuvo la oportunidad de ver un curioso milagro. Era el final del atardecer. La noche llegaba de repente. En ese momento Miró observaba la germinación de una simiente de judía en el fondo de un surco. De pronto se aceleró el proceso y, al crecer, la judía comenzaba a adquirir la forma de un perro ladrando con el hocico dirigido a la luna.
Múltiples insectos revoloteaban como estrellas, sonreían los gusanos de luz, bailaban las mariposas y los caracoles...
Al fondo, fogatas lejanas despedían humaredas de color.
Como si le hubiera despertado un puñetazo de su amigo Ernesto Hemingway, de repente vio terminado el cuadro "La masía".





Su sensibilidad estaba preparada para iniciar un nuevo modo de pintar. No tardaría en ponerse a la tarea para hacer un cuadro que iba a titularse
"Perro ladrando a la luna








Este libro hace que se me pase de largo
la parada donde bajo,
hace de mí una persona más pensativa y
a veces río o canto
cuando voy rehaciendo el camino

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